Sobre el amor que todo lo devora
Por Pablo Aranda
Acerca de Vivero, de Marimé Arancet Ruda
Editorial Lisboa, Buenos Aires, 2021.
El amor siempre nos quema. Hablar de él, aunque sea después, no es posible más que a partir de esta quemadura
J. Kristeva
Frente a la colección de especies vegetales que habitan, aparecen y circulan por Vivero, el nuevo libro de Marimé Arancet Ruda, uno podría caer en la cuenta de que es un ejercicio poético, entre botánica, pero la autora va más allá. Vivero, del latín viv-arium, se nos presenta como lugar en/para el amor. Esa quemadura, como señala Kristeva, que todo lo devora. Pero devorar no es sólo apetito o pasión violenta; sino, también, el acto de consagrar atención ávida a algo. En este poemario esas dos acepciones son recurrentes: el ojo y el desenfreno se disponen sobre la experiencia amorosa. Por otro lado, sabemos que en un vivero ocurre el cautiverio y la lucha por la supervivencia: “arrancan rumian degluten”, la generación y la destrucción, lo cultivo y lo cautivo, la contingencia que irrumpe entre todo destino vegetal como mandato genético y su cuidado con su par adaptación. Escenas, momentos, movimientos todos presentes a lo largo de este libro donde los amantes se sostienen en “los pasos que brotarán”.
Tulipanes negros, violetas, amarillos y una variopinta sucesión de especies van bordando y bordeando la bitácora de este pasaje siempre abierto y convocante: “habitemos / un vivero”, nos dice la autora. El cuerpo del yo lírico performa en una amalgama perfecta entre la modulación de una voz y el lugar. En ese intento de habitar el amor se va brotando, con-virtiéndose, a efectos de un Eros devorador, en parte del vivero, corriendo de esta forma o extremando así los límites: coxis de tierra, diamelas rodillas, amapola periné, gardenia de la garganta. El yo lírico se ubica, de esta manera, en el territorio y en su estadía se produce un ritmo y una dinámica dispuesto al gozo sin reparos: “hasta el deshoje completo”.
En las puertas de Vivero leemos: “a José / el amor / la vulnerabilidad necesaria”. Una declaración, una dedicatoria, y, para los lectores y las lectoras, una importante unidad de lectura: coraje, corazón, herida, amor: viv-Ero(s) devorador. El libro contiene tres partes, la primera denominada “Perenne”, la segunda “Evento semilla” y la tercera, y última, lleva por título “La foresta”. En un intento de completitud, desde la estructuración del libro, el ciclo vital de la experiencia se ofrece entero como tres etapas naturales donde se centra la vida amorosa y la vida vegetal. Todas se afirman en la justeza de la brevedad y la cadencia de cada poema: “desanudar desandar / lastres ausencias”.
La escritura de Arancet se disemina en el camino, con pasos, con una respiración marcada, generando así un compás, en el corte perfecto de la concisión y la rítmica, en el que se evidencia como una danza ejercida sobre el cuerpo del poema o, para decirlo de otra forma, un arrebato de amor en tanto des/borde. Todo esto materializado en la serie de poemas que conforman lo que sucede cuando “se abren los límites del yo”: el mundo es un vivero. Por último, en el cierre la autora insiste con la apertura por medio de una playlist de acceso libre denominado “invitación al baile” que contiene 26 canciones que recorren toda la obra y se propone a los lectores ir completando porque
“qué hacer
con esta cueva encendida
húmeda y verde
vivero”
Marimé Arancet Ruda (Buenos Aires, Argentina, 1967). Publicó De cómo el mar entre orillas trae hojas del epistolario nunca escrito entre Iseo y Tristán (Pájarosló Editora, 2008) y Detrás de los vidrios negros (Pájarosló Editora, 2010), Cantos de Clytemnestra (Editorial Ruinas Circulares, 2012), Elegia Filiae (Textos Intrusos, 2013), Elaboratorio (Textos Intrusos, 2014) e Y fue Troya (Editorial Casa de Gatos, 2015). Su poesía fue traducida al italiano y está incluida en distintas antologías de su país y del extranjero. Participó de la antología de relatos #Quedateencasa. Relatos en pandemia (Editorial Biblos, 2020).

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